martes, 28 de abril de 2009

prosa

PROSA DEL OCASO

De repente un día te ves en la cumbre de una montaña, te quedas perplejo ante tal hazaña, piensas en el valor y destreza que has desplegado para llegar a la cima. Pero todo es una ilusión, un simple espejismo. No estas en lo más alto de ningún picacho, lo único que ha sucedido es que has alcanzado el punto de no retorno, ya no podrás subir más alto, lo que te queda es el descenso. Dicho de otra manera, ya no vivirás más tiempo del que has vivido, solo te queda el camino hacia el ocaso.
Entonces piensas en los besos que no distes, en las palabras que no dijiste, dejándolo todo para mañana, cuando mañana es demasiado tarde. Recuerdas el tiempo donde todo estaba por llegar, pero todo ha llegado ya y es tarde, muy tarde.
La vida que es, a veces, muy cruel, y siempre muy astuta, me presenta un trampa. Ante mi aparece una mujer, bella, maravillosa, un delicia morena y de ojos verdes, en mi ingenuidad pienso que ese descenso hacia el fin puede ir acompañado de una suave piel, de un amor más joven, que dé, como dicen, compañía al descanso del guerrero. Dice la canción que veinte años no es nada, pero cuanta quimera guarda la letra, al fin y al cabo es solo eso, una canción. Muchas veces uno se agarra a un clavo ardiendo y busca estos subterfugios para convencerse de lo imposible. En todo caso para esta etapa pondría como banda sonora el “ríe payaso” con la voz de Pavarotti. Aquello de “Ridi Pagliaccio, sul tuo amore infranto ridi del duol che t’avvelena il cor! (¡Ríe, Payaso, sobre tu amor despedazado! ¡Ríe del dolor que te envenena el corazón!).
Como dijo el poeta cuando llegue el momento de partir, cuando llegue el momento del último viaje, me encontraréis desnudo, ligero de equipaje, como los hombres de la mar.
Mar y montaña, aparente contradicción, quizás por ello al descansar parte mía se irá al Pirineo y la otra al Mediterráneo.
La pena me obnubila, el amor me atormenta, el deseo me desespera, el fin me acecha.